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martes, 20 de septiembre de 2016

P.A.Z








No puedo dejar de preguntarme qué pasó y qué está pasando. ¿Llegó alguien? No lo sé. Quizás estoy viendo lo que quiero ver y no lo que sucede delante de mí. Hay que confiar. ¿Hay que confiar? Es que si no confías, ¿adónde vas, adónde llegas? Me pasan demasiadas cosas por la cabeza: siento temor, no desconfianza; he averiguado cosas y tengo algunas respuestas; no todas las que quisiera, porque me gustaría tenerlas todas; pero sí algunas. ¿Y si me he equivocado? No hay forma de saberlo sino sólo al final del camino. Y al llegar al final, ¿no será demasiado tarde?, ¿no habría sido mejor no abrir nuevamente la puerta? Lo que pasa es que quiero abrir la puerta: la prisión interna es el enemigo público número uno de la libertad. ¿Felicidad? No pido tanto: sólo pido paz.

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