Si estas líneas las hubiera escrito ayer tratarían de derrota e insipidez, pero ya no me siento así, ahora mis líneas me describen gustoso, en paz, agradecido.
Así soy. Todos los días dejo que cualquier cantidad de factores afecten mi ánimo, le doy entrada a pensamientos y emociones sin límite como si lo mío fuera ser un tubo de ensayo en donde lo interesante consiste en descubrir las reacciones que tengo ante toda la bola de datos que incluyo, particularmente en mi mente, pero también en mi corazón.
En constante experimento emocional ando, con la desventaja de no encontrar otro conejillo de indias más que yo. El único boceto que echo a perder o que fortalezco es mi tiempo presente.
De lunes a martes doy un brinco emocional dramático que luego vuelve a mutar la mañana del miércoles, sólo para transformarse en otra cosa durante el jueves hasta que el viernes hace erupción un panorama opuesto. Sábado y domingo soy la versión más estable de mi experimento.
Permito que me afecten la lluvia, las obligaciones, las caras de los demás, la música del gimnasio, los sueños autoboicoteados o la distancia de mi BatiChica. Me modifican también el valioso tiempo de juegos con mi hermanito todos los dias religiosamente, las páginas del libro en turno, los mejores solos de John Mayer, unas buenas nalgas en la calle, el café, el cigarro, o los cigarros con café. Meto todo en una misma bolsa. Y el resultado se hincha, me rebasa, me brota un harem emocional al que le intento poner nombre: ando raro, nostálgico, festivo, huraño, melancólico, impavido, feliz, tranquilo, equis. El diagnóstico con el que más batallo es el "quién-sabe-cómo-me-siento".
¿Cómo estoy? es la segunda pregunta más difícil de contestar para mí. La número uno sigue siendo ¿Hacia dónde voy?, pero al menos ya resolví la de ¿Qué no quiero en la vida?
Mi estado de ánimo siempre es parcial, nunca definitivo. En el experimento de hoy, el resultado arroja que me encuentro en paz, agradecido, contento.
Mañana (o mas tarde) voy a ser otra persona.
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jueves, 16 de junio de 2016
miércoles, 1 de junio de 2016
P E S A D I L L A
No estoy roncando, soy una moto
Tenía que haberme hecho el muerto cuando te vi llegar aquel día a medica
y no mirarte como miran las tortas de las pastelerías las señoras con diabetes.
No sé puede ser tan bonita con pantalones cortos
y zapatos de esos que esquivan el ruido en callejones oscuros,
mandaste haciendo la estatua todo el glamour
a una pasarela donde halagan en francés
y mienten con los huesos marcados
y reinventaste de nuevo la moda en una baldosa orgullosa de sostener tu peso.
Hoy me recuerda la radio que debes
haber abandonado a todos los cantautores a la vez,
que estás llenando tu ciudad
de drogadictos y borrachos
y que ya nunca más querrás ser una canción
a pesar de que la música empieza
cuando tú bailas aunque parezca otra cosa
si cerca se mueven los demás
como animales sin cabeza.
Tienes una trinchera tan ferrea de monosílabos
que ninguna de mis frases logra nunca atravesar
la linea que separa el silencio del diálogo.
Es tan absurdo mover la lengua fuera de tu boca.
Por eso callo,
por eso escribo
desde esta voz sin decibelios
para que me oigas con los ojos.
Y no, no se puede tener tantos argumentos en tan poco espacio,
si fueras una película
habría potes de palomitas volando por los aires,
refrescos de uva pringando las butacas
y manos buscando bajo las faldas de la última fila
el significado real de la trama.
De la vida.
Del orgasmo.
Que hasta los guionistas que duermen en mis dedos
darían todas sus ideas al enemigo
por comerte a besos
hasta que volviera a pasar el cometa halley
por delante de tus párpados.
Se tambalean los bolígrafos de mi escritorio
cuando pienso en lo que hace el aire con tu pelo
se garabatean los folios de metáforas
si diviso mentalmente
como se te pega la ropa a la piel.
Tienes a todo tu closet
enamorado de tu aroma.
Y al mío masturbándose en tu ausencia.
Deberías saber que no es casualidad
que suba la marea cuando pisas una orilla,
que se multiplique la espuma de las olas
cuanto más te adentras en el mar
con ese bikini de cine para adultos.
Hay peces fetichistas desde que de un año para otro
por esa maga caprichosa llamada naturaleza
cambiaste el pelo suelto por una trenza.
Debí hacerme el muerto cuando te vi llegar
en lugar de tartamudear tu nombre
como si me hubiera tragado un eco.
En lugar de colocarte en la agenda
de los amores platónicos
entre esa actriz italiana
que descumple los años
y aquella compañera de pupitre
que me robó la voz cuatro años de infancia.
En la cama,
con el corazón contando ovejitas para soñarte
mientras tu boca besa al hombre del saco que volví a ser.
Así estoy
sin ti,
despierto,
en plena pesadilla
Tenía que haberme hecho el muerto cuando te vi llegar aquel día a medica
y no mirarte como miran las tortas de las pastelerías las señoras con diabetes.
No sé puede ser tan bonita con pantalones cortos
y zapatos de esos que esquivan el ruido en callejones oscuros,
mandaste haciendo la estatua todo el glamour
a una pasarela donde halagan en francés
y mienten con los huesos marcados
y reinventaste de nuevo la moda en una baldosa orgullosa de sostener tu peso.
Hoy me recuerda la radio que debes
haber abandonado a todos los cantautores a la vez,
que estás llenando tu ciudad
de drogadictos y borrachos
y que ya nunca más querrás ser una canción
a pesar de que la música empieza
cuando tú bailas aunque parezca otra cosa
si cerca se mueven los demás
como animales sin cabeza.
Tienes una trinchera tan ferrea de monosílabos
que ninguna de mis frases logra nunca atravesar
la linea que separa el silencio del diálogo.
Es tan absurdo mover la lengua fuera de tu boca.
Por eso callo,
por eso escribo
desde esta voz sin decibelios
para que me oigas con los ojos.
Y no, no se puede tener tantos argumentos en tan poco espacio,
si fueras una película
habría potes de palomitas volando por los aires,
refrescos de uva pringando las butacas
y manos buscando bajo las faldas de la última fila
el significado real de la trama.
De la vida.
Del orgasmo.
Que hasta los guionistas que duermen en mis dedos
darían todas sus ideas al enemigo
por comerte a besos
hasta que volviera a pasar el cometa halley
por delante de tus párpados.
Se tambalean los bolígrafos de mi escritorio
cuando pienso en lo que hace el aire con tu pelo
se garabatean los folios de metáforas
si diviso mentalmente
como se te pega la ropa a la piel.
Tienes a todo tu closet
enamorado de tu aroma.
Y al mío masturbándose en tu ausencia.
Deberías saber que no es casualidad
que suba la marea cuando pisas una orilla,
que se multiplique la espuma de las olas
cuanto más te adentras en el mar
con ese bikini de cine para adultos.
Hay peces fetichistas desde que de un año para otro
por esa maga caprichosa llamada naturaleza
cambiaste el pelo suelto por una trenza.
Debí hacerme el muerto cuando te vi llegar
en lugar de tartamudear tu nombre
como si me hubiera tragado un eco.
En lugar de colocarte en la agenda
de los amores platónicos
entre esa actriz italiana
que descumple los años
y aquella compañera de pupitre
que me robó la voz cuatro años de infancia.
En la cama,
con el corazón contando ovejitas para soñarte
mientras tu boca besa al hombre del saco que volví a ser.
Así estoy
sin ti,
despierto,
en plena pesadilla
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