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martes, 31 de mayo de 2016
Fragil
Sin querer quererlo me has convertido en un hombre frágil, miedoso y acomplejao. Ya sólo soy fuerte cuando estoy a tu lado: Contigo me como el mundo sin pan, camino de tu mano como un carajito quinceañero, miro a las nubes por encima del hombro y dejo propina en los bares.
Luego te vas un rato a trabajar, o a vivir tu trozo de vida, y entonces me convierto en sapito que no sabe flotar (pidiendo auxilio en medio de un estanque sin orillas). Me siento turista en mi propia ciudad, o en mi misma cama. Sucio bajo una ducha que no calienta.
Y cojo mi carro y el volante me queda grande, y los pasos de la gente corren tan despacio que prefiero no fumar. No estás ni te veo ni te siento. Y me levantan la mano y no paro si no eres tú. Y nunca eres tú: Los semaforos sin amor urgente no tienen sentido.
Y quiero creer que las luces son tus pezones, y doy vueltas y vueltas como un bolsa intentando excitarte, llamar tu atención, pero sólo consigo jofer al tráfico y marearme y gastar gasolina a 6 bs el litro.
O me imagino que tu piel está en el salpicadero, que tu ombligo es el cenicero de la camionera que presiono y se enciende y me prende los cigarros que me llenan, al menos, de humo.
O acciono el limpiaparabrisas para que tus brazos me hagan la ola.
O hago zapping con la radio para encontrar tu voz anunciando lo que sea, para comprar lo que sea que anuncies. Pero no trabajas en la radio, ni vendes más que besos gratis debajo del edredón del cielo de casa. Y a esos ya estoy abonado.
Y es que te amo (desde lo más profundo del píloro) cuando estás. Y cuando te marchas, me odio.
Tu inevitable ausencia me tizna el alma, Mili.
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