De lo bonita que se pone cuando tiene un orgasmo
y se le colorean los pómulos con los mismos matices
que los atardeceres de Conil.
Los ojos parecen dos peces
que ansían devorarse el uno al otro.
Su boca, mi eclipse de luna preferido
suspira dulcemente y el flequillo
le danza una canción que una vez silbé
bajo la triste lluvia de new york.
Salvaje, recostada en el mueble
con el índice manchado de todo el amor
que me cabe en el pecho,
ahora que solo tengo hueco para ella.
Y es que deberías oír como me late el corazón cuando me miras
parece un concierto de Metallica
en el salón de la casa de mis padres.
Porque yo no sabía de que era capaz el amor
hasta que se desnudó del todo la sonrisa
y me despojó al mismo tiempo de la vergüenza y de la ropa
y una lengua que soñaba ser serpiente
devoró todos los poros de su piel.
Ni idea de que el equilibrio estaba en la palma de su mano,
ni que mi nombre podía sonar bonito si lo pronunciaba su boca,
ni que se podía hacer el amor con los ojos,
bailar sin los pies,
volar sin los sueños.
La primera vez que la vi,
descubrí los jeroglíficos de su pecho
y en todas las diagonales del crucigrama de su vientre
escribí los versos más hermosos de mi vida.
Ella, colocó mis tristezas por orden alfabético
y de un solo soplido
barrió todos los escombros de mi alma.
Por eso ahora soy un loco si ella sopla
o estatua si se desnuda,
por eso ahora mi espejo son sus ojos
y salgo guapo en todas las fotografías
e invento mares en todas las aceras
o juego con las nubes de su pelo
si el cielo se despeja de repente.
Y mientras ella se pone la ropa
ese que dice:
(no llevo bragas en bielorruso)
yo le guardo este poema en la memoria.
De lo bonita que se pone cuando tiene un orgasmo.
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